Bonifacio Nuñez: silbatazo final

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“EL CAPRICHO MÁS ARRAIGADO DEL FUTBOL CONSISTE EN PEDIRLE OBJETIVIDAD AL ÁRBITRO Y VALORARLO CON SUBJETIVIDAD“
(JUAN VILLORO).

La lógica dicta que si te gusta, apasiona y amas el futbol, intentarás convertirte en profesional, por otro lado, hay unos más que encuentran en la redonda un acercamiento a partir de las reglas. De ahí nace la figura del silbante.

El árbitro es un personaje polifacético, digno de una tragedia griega. Este suplicio por correr tras un balón que nunca tendrá nos hace suponer que realmente ama el futbol. Lo irónico de su labor es que sin él no habría juego, y al final todos le necesitan.

En Apuntes de Rabona tuvimos la oportunidad de charlar con Bonifacio Nuñez, ex árbitro profesional que debutó juez de línea en 1976. Fue en 1980 cuando dirigió en el máximo circuito de México. Y se retiro en 1996  Sin más, les compartimos tan solo una parte de su historia tras el silbatazo final.

Para mí la carrera del arbitraje es una autodisciplina y entrega fabulosa. Además, uno siempre quiere estar cada semana dirigiendo un partido, y es cada uno de ellos es un reto, ninguno es igual al anterior. Siento que se debe tener vocación, debe amar el futbol, amar el arbitraje. 

Yo diría que el árbitro nace, después se hace.

¿Cuál fue mi sensación al pitar por primera vez en primera división?

Tan solo de recordarlo hasta tengo que agarrar aire. Salimos a la cancha a revisar que todo estuviera en orden. Caminamos al centro de la cancha y me quedé con los tres balones ahí. Los jueces de línea fueron ellos a revisar las redes. Estaba muy impactado por estar en un estadio con tanta gente, el ambiente. Le dí gracias a Dios que me había dado la dicha de estar en Primera División. Me quedé todo tieso.

Recuerdo que los jueces de línea eran de ahí, de Guadalajara, me llevé muy bien con ellos. Tuve la fortuna de siempre llevarme bien con quienes trabajé, no sé si por mi forma de ser. Por ejemplo, yo no aceptaba que me hablara de usted mis compañeros, siempre les decía que para ellos yo era el pinche Boni. Lo hacía para que entraran en confianza y se sintieran seguros. 

Y es que recordaba cuando yo comencé como juez de línea, con toda la entrega y disposición para dar lo mejor. Así que los trataba como lo que son: como personas, más allá de las jerarquías. Además, si ellos hacían bien su labor, por supuesto que eso también sumaba a mi chamba. Y salían muy felices tras cada juego, bueno, eso me decían.

El arbitraje tiene una mística. Hay que saber qué zapatos uno tiene que usar para las diferentes canchas que se pisan, es decir, cómo poder con la presión del público, así como de los entrenadores y los jugadores.

Debo decir que en mi época había jugadores que eran líderes, pero más importante, tenían personalidad: Me acuerdo de futbolistas como Miguel Marín, Carlos Reynoso, Güeldini, Alfredo Tena, Cornero, Zelada, Escoponi. Muchísimos jugadores con personalidad, eran líderes, pero con personalidad A mí me tocó Hugo Sánchez, imagínese, me toca Hugo Sánchez cuando regresa de España. Un Antonio Carlos, un Batata, Norberto Outes.

En fin, tantos jugadores que tenían personalidad y que había que someterlos. Que en ese aspecto tuvimos la fortuna de tener grandes instructores, en donde nos decían que un árbitro es conductor y luego autoridad. Usted tiene la obligación como conductor de juego a convencer al jugador no a vencerlo, porque para vencerlo tiene las tarjetas.

Tengo una anécdota con Rafael Albrecht, aquel defensor central argentino que jugó con su selección en el Mundial de 1996, y aquí en México vistió los colores del  León y Atlas. 

En ese juego me tocó salir de juez de línea y el central fue Fermín Ramírez Cermeño. En esa época, estoy hablando de 1977, en esa época los capitanes iban a nuestro vestidor a llevar la lista de los que iban de titulares, junto con los carnets, los famosos registros para identificar al jugador.

En esos años los capitanes se presentaban una hora o 45 minutos antes del juego para entregarnos eso. Entonces revisábamos la lista y los comparábamos con los registros. Ese día jugaba León contra Jalisco, Rafael Albrecht no fue con nosotros, en su lugar mandó al masajista y no se la recibimos. 

Así que después llegó el capitán argentino, muy pedante: “Buenas noches”, le dijo a Fermín, pero él no le respondió, le volvió a decir ya medio enojado: “Buenas noches. ¿Qué está usted enojado o qué?”. Fermín levantó la mirada para por fin verlo y le contestó: “No, señor, si estuviera yo enojado no me hubiera presentado a trabajar”.

Revisamos los números para ver si cuadraban los carnets, los suplente también, etc. Ahí empezó la lucha de egos. Fermín agarró la cédula y le dijo a Albrecht: “¿Quiere firmar?”, pero se lo dijo con autoridad. El futbolista contestó: ¿Estoy obligado a firmar ahorita?” Fermín le dijo que “no” y que se saliera, que lo veía en el campo. Hijole, me quedé helado. 

Esa fue la primera confrontación fuerte que presencié. Cuando salimos al campo, ya los dos equipos estaban ahí. Llegamos al centro y dejamos los balones, en ese momento Fermín llamó a los capitanes, pitó para que se acercaran, pero Albrecht en lugar de acercarse se volteó mirando hacia su portería, nos dio completamente la espalda. Fermín volvió a hacer sonar su silbato, pero nada.

Así que me dijo: “A ver Boni, ve a revisar la red de la portería de León”, no me tocaba, pero me mandó. “Y ten”, me dio su silbato. “Cuando te vayas acercando al capitán, pégale un silbatazo en la oreja, en el mero oído”.

– ¿Cómo cree, señor?

– ¡Oh, cabrón! Te estoy diciendo que así le vas a hacer. Y le dices: “no se haga pendejo, le está hablando el árbitro”.

Y bueno, donde manda capitán, no gobierna marinero. Lo hice. Inmediatamente fue Rafael Albrecht al centro del campo. Ni protestó ni se dirigió en todo el partido a Fermín. 

Si usted se da cuenta es un choque de egos, de personalidades entre jugadores y árbitros. Sobre todo sabe por qué, porque el jugador ya ganaba cientos de miles o miles. Entonces no aceptaba que una persona que ganaba un bicoca estuviera bajo la tutela o bajo su jerarquía. Pero uno aprende a sobreponerse al entorno.

En mi época no vivíamos del arbitraje. Hasta el momento en que yo me retiré, nos pagaban por partido 1750 pesos. No vivíamos del arbitraje. Hoy día muchos silbantes tienen un sueldo fijo de 33 mil pesos. Piten o no piten, si tienen partido, aparte les pagan 40 mil pesos. Yo estudié para Ingeniero Topógrafo, pero nunca me recibí, pero trabajaba en Recursos Hidráulicos, de ahí salía el dinero que no entraba por el arbitraje.

Sobresaltos

Recuerdo un partido en Monterrey, los rayados le ganaron 4-1 a Veracruz. Estaba bueno el partido, entretenido. Al 78´ u 80´, veo a mi juez de línea número uno, se llama Óscar Trejo. Lo veo con la bandera arriba, hasta pensé: “Chinga, ¿ahora qué pasó?” Voy corriendo y me dijo que el jugador con la casaca número 36 ya iban tres veces que le decía “eres un pendejo”.

Yo le decía siempre a mis compañeros que tenían la obligación de convencer al jugador con sus señalamientos y que no aceptaran protestas, mucho menos insultos. Que si me iban a llamar era porque expulsar a alguien, no para llamar la atención, porque eso era su responsabilidad.

Desde que me llamó me enojé. Yo estaba muy contento con el partido, muchos goles y pocas faltas. No le contesté nada, solo miré el número de las playeras de los jugadores. En eso encontré al infractor, era Óscar Pantoja, le dije que se tenía que ir. Él se molestó y alzó las manos. 

– ¡Baja las manos!

– No quiero.

– ¡Que bajes las manos que son para tragar, chingada madre!

Ya estaba muy molesto. Es más, hasta lo llevé hasta la banca de su equipo para que se fuera. Y entre que me seguía protestando se volteó a verme. De tan encabronada que yo estaba le puse el pecho. “¡Sálgase, sálgase con una chingada!”.

Terminó el partido, se me pasó el coraje. Todos ya estábamos muy contentos, nos fuimos a cenar y todo bien. Al otro día llegué a mi casa y mi hijo me dijo: “Papá, ¿qué te pasó? La verdad ya ni me acordaba de lo que había pasado. Me mostró lo que habían pasado en la Televisión. Me dio tanta pena, me sentí como un pendejo. 

Y dicho y hecho, el domingo en la noche me marcó el Presidente de la Comisión de Árbitros que era José Antonio Garza

– ¿Qué pasa Boni, cómo te va?

– Bien, señor, aquí mire.

– Oye, ¿qué te pasó?

– Me encabroné, Toño.

Y el secretario de la Federación era Codesal, con quien nunca me llevé bien. Toño Garza me dijo que si buscábamos hablar con Monterrey en caso de que hubiera una protesta, pero lo dije que no, que tenía que afrontar las consecuencias de mis actos. 

Entre Toño y yo también habían ocurrido ciertas discrepancias. La verdad es que yo sentía que comenzaban a ningunearme, a veces me daban juegos, a veces no, sin importar que hubiera tenido una buena dirección. Estaba en un buen momento de mi carrera, o sea, yo normalmente pitaba 30 juegos en los extintos torneos largos.

Al otro día fui a entregar mi cédula. Me encontré con un miembro de la  Comisión de Árbitros, el profesor Genaro Castillo, quien me comentó que Codesal me esperaba en su oficina para hablar conmigo. Y le expliqué lo que me había pasado durante el partido. 

Con el tiempo me enteré que Monterrey no hizo ninguna protestas ni nada, pero la Comisión me castigó cinco meses. Desde abril no volvería a pitar hasta septiembre. A raíz de eso super que tenía que comenzar a prepararme para un posible retiro. Sabía que pronto se iba a acabar mi carrera, la verdad es que tampoco iba a soportar que me menospreciaran.

Desde mi castigo por la situación con Monterrey continuaron haciendo menos mi trabajo, de hecho comenzaron a quitarme partidos; me daban un juego sí, otro no, a veces me mandaban a Segunda División. Fue un 19 de marzo de 96´ cuando me hicieron una entrevista en el Esto de Ciudad Victoria donde me preguntaron que cuántos años me quedaba como árbitro. “¿Años?, más bien días”, respondí. 

Seguramente a la Comisión le llegó el chisme. Después de un día de entrenamiento entró al vestidor el señor Carlos Puente, que era miembro de la Comisión de Árbitros. Me preguntó que cómo era posible que mejor por otros lados dijera que ya me iba a retirar. Le repliqué que debido a mi poca participación había declarado eso.

Total que me pidió que acudiera a las oficinas de la Comisión a las nueve de la noche, que porque querían hablar conmigo, me recibieron hasta la de la mañana. Cuando entré a la oficina, tanto Garza como los demás comisionados me pidieron que me sentara.

– No , aquí estoy bien. Además, Toño, ¿te parece que merezco este trato? Ve nomás qué hora es. ¡La una de la mañana! Me habías dicho que a las nueve. Ahora, ¿qué es lo que pretenden, que me vaya? Pues tengan los huevos suficientes para decirme que me vaya. 

– No, no, en esos términos no podemos hablar.

– ¡Ah, bueno, perfecto, Toño! ¿Para eso me llamaste?

Y me salí. Para esto, ya habían dado las designaciones para los partidos tanto de los partidos entre semana como del fin de semana. Tuve que esperar el sobre con la designación. Me citaron para recogerlo a las dos de la tarde, pero ellos llegaron hasta las seis. Cuando abrí el sobre vi que me habían designado el Cruz Azul contra América en el Estadio Azteca. 

Ahí fue cuando pensé: “¡En este me voy, chinguen a su madre!

En ese momento a ellos no les comenté que me retiraría, porque los creía capaces de quitármelo, inclusive me aguanté el ir a los periódicos, fue hasta el otro día, en sábado, que solté la noticia. Ya cuando llegué a casa le dije a mi esposa, a mis hijos lo que había decidido, la verdad me solté a llorar.

El encuentro se jugó el 24 de marzo de 1996. La verdad es que disfruté mucho del partido, mi vestidor era una romería. Fue mi fiesta. Pero la verdad durante todo el juego pedí mucho a Dios que por favor no me fuera a dar un calambre, que me diera lucidez, porque los equipos no tenían ninguna necesidad de que me equivocara. 

Faltando siete minutos pensé: “Se está acabando esto”. Los últimos siete minutos los terminé llorando, veinte años se me escapaban. Terminó el partido. Se acercó Carlos Hermosillo, todos me dieron los parabienes y me desearon suerte. 

Al otro día tenía que llevar a mis hijos a la escuela y recogerlos. Y así lo hice, era una especie de ritual, fui por mis hijos a la escuela y los dejaba comiendo, y yo me vestía. 

Ese día, mecánicamente hice lo mismo. Los dejé comiendo y me subí. A veces el ser humano se vuelve un animal de costumbres. Me subí a mi recámara, y ya me estaba yo vistiendo, ya llevaba el pants puesto y un tenis puesto, cuando sube mi hijo Óscar y me dice:

“Papá, te estamos esperando para comer. Ya no eres árbitro”. “Sí, hijo, ahí voy”. Me puse a llorar como ahorita. Ha sido el chingadazo más duro de mi retiro.

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*Fragmento entrevista a Bonifacio Nuñez realizada el 22/05/2020

 

 

Por: Ricardo Olín /@ricardo_olin

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