Aunque pudiera pensarse lo contrario, el futbol no fue un tema que comenzó a tener tratamiento literario a finales del siglo XX. Sus acercamientos iniciales se remontan a las primeras décadas del siglo que se caracterizó por el gusto hacia lo moderno, mismo que encontró en Henry de Montherlant a su capitán.

Los deportes no siempre estuvieron fuera del foco de los escritores. En el siglo V a.C., el poeta griego Píndaro se dedicó a relatar las hazañas de los Juegos Olímpicos. El siglo del progreso por otra parte, fijó la mirada nuevamente en los atributos de juventud, fuerza, velocidad y competencia. Los Juegos Olímpicos de París 1924 significaron la comunión entre los intelectuales y el deporte, parteaguas que no retomó –como en la Antigua Grecia– el modelo general de las disciplinas, sino que se dirigió hacia el naciente foot-ball.

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En los años veinte, los sudamericanos Juan Parra del Riego, Bernardo Canal Feijóo y Horacio Quiroga publicaron ficciones acerca del futbol.  A quien se le considera como el padre de lo que hoy en día se conoce como literatura balompédica es a Henry de Montherlant, un escritor nacido en cuna burguesa y noble en París.

Si encuentra un balón será el más desgraciado de los hombres —así, el más desgraciado—, mientras no pueda irse derecho a él y acometerlo. –Henry de Montherlant

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El renacimiento de la literatura deportiva significó el punto inicial de la dialéctica entre el futbol y las letras. Esto principalmente porque la generación de entreguerras encontró en los pantaloncillos cortos y las pelotas de cuero un aliciente tras la Primera Guerra Mundial, misma en la que estuvo presente Henry de Montherlant. El mundo moderno fue el escenario perfecto donde tuvo cabida el deporte de las patadas.

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Dentro de la idea fraguada por los representantes del romanticismo inglés, la creación literaria no debía realizarse desde el desconocimiento del tema. Tal vez fue por eso que Henry de Montherlant se puso los guantes y jugó a nivel amateur como portero, para seguir la escuela del país en el que se considera que surgió el futbol. Sin embargo, el futbol no fue el único deporte practicado por el escritor, el boxeo y las corridas de toros también formaron parte del repertorio físico del hombre de letras.

Por otra parte, el verdadero romance con la pelota llegó hasta sus obras de teatro Lección de foot-ball en un parque y Los once ante la puerta dorada. En este último, Perony y el Ala Izquierdo, los personajes principales, teorizan acerca de la ontología del futbol y su relación con la vida. Como era de esperarse, los críticos del balompié no tardaron en surgir, como Borges, y otros tantos que lo hicieron desde antes de que el futbol se convirtiera en el deporte rey, como Rudyard Kipling.

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Pero más allá de dañar la imagen del juego, abrieron una brecha importante para que los círculos intelectuales comenzaran a llevar el balón a sus acaloradas discusiones en cafés y salones de la época.

Por: Obed Ruiz/@ObedRuizGuerra

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