Ese día el futbol de Brasil recibió uno de los baldes de agua fría más violentos que se hayan visto en la historia del balompié. Venían de una racha importante de casi cuatro décadas de no perder en torneos oficiales cuando eran locales. Además de esto, el saldo de los enfrentamientos que habían tenido con los teutones era positivo. 

Todo parecía estar dispuesto para que los brasileños lograran darle una alegría a su gente, que en ese momento se encontraba tensa. La situación social en la sede del Mundial 2014 no era la mejor. Había pasado del sueño de Lula a las dudas con Dilma en el poder. Más allá de si las críticas eran o no justas, el torneo más importante del mundo se dio en medio de disturbios, quejas y críticas.

En este escenario la Scratch do Ouro se encontraba obligada a ganar. Los antecedentes la respaldaban y los señalamientos contra lo que suponía organizar el Mundial en tierras brasileñas era una losa que no podía sino meter más presión

Antes de Alemania

Conscientes de que en sus botines pesaba la responsabilidad de legitimar aquel Mundial, los brasileños tuvieron una fase de grupos en la que su mayor inconveniente fue la Selección Mexicana, en gran parte gracias al desempeño de Ochoa. Una vez en octavos se fueron hasta los penales contra Chile, donde lograron dar el siguiente paso.

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Contra Colombia consiguieron también saldo a favor, pero con un alto costo. Neymar salió lesionado y no podría jugar el resto del Mundial. Además de esto, Thiago Silva, quien había estado fungiendo como capitán de la Verdeamarela, fue sancionado por acumulación de amarillas y se perdería la semifinal. Aquello era un aviso de lo que estaba por venir.

En aquel momento Alemania pintaba (como casi siempre) para candidato a llevarse la Copa del Mundo, y muchos apostamos a la victoria de los teutones, sin embargo la ráfaga de goles que aquel día se vió en el Estadio Mineirão, nadie lo podía pronosticar. Ni los alemanes en sus predicciones más optimistas.

 

El desastre

Ese día estaba estaba tomando una clase de verano que se suspendió debido a la efervescencia que se estaba viviendo: 1-0 favor Alemania dijo alguien en clase, nada sucedió. 2-0 apenas unos minutos después, algún comentario sobre que el partido ya estaba finiquitado; y entonces el desconcierto: 3-0, 4-0, 5-0. La profesora, aficionada a la pelota, nos dijo que eso era histórico y suspendió la clase. Ya nadie estaba en ella. 

La conversación de los siguientes días giro en torno al duro golpe que recibió Brasil. La peor goleada de su historia, con su gente, en su casa. No puedo dejar de subrayar una plática en la que escuché decir que lo mejor que le había pasado a Neymar era lesionarse, ya que el escenario habría sido el mismo con él en el campo. Según esta mirada, el entonces jugador del Barcelona se había salvado.

No sé qué tan acertadas sean estas aseveraciones. Pero aquella semana la imagen de Clovis Fernandes en un mar de lágrimas mientras abraza su Copa del Mundo, o David Luiz llorando de forma desconsolada mientras pedía disculpas a cámara, fueron una constante. Las calles brasileñas sufrieron violencia y hubo varios actos de vandalismo. Lo que se suponía iba a ser un carnaval, terminó en tristeza y rabia por parte de los brasileños.

Alemania logró darle a Miroslav Klose el título de mayor goleador masculino en Mundiales, además del acceso a una final que terminaría por arrebatarle de las manos a la Argentina de Lionel Messi. Pero quizá su mayor hazaña fue aquel abultado marcador contra el país sede, que necesitaba más que nunca una victoria. En su lugar se encontró con una caída tan estrepitosa que terminó por romper la burbuja que intentaba sostenerse en la pelota.

Por: Alberto Roman / @AlbertoRoman

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