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Zidane

Una final es siempre un cúmulo de emociones. Dos gigantes se enfrentan para saber quién es el más grande. El ganador podrá señorear por cuatro años sobre el resto de las selecciones, los jerseys de su selección se transformarán de manera invariable a lo largo de la historia, pero la estrella que se coloque ese día permanecerá inmutable sobre el corazón. Siempre es placentero acudir a la cita con la historia y más si uno de los protagonistas se llama Zinedine Zidane.

El encuentro de los gigantes

Aquel 9 de julio de 2006 la cita no podía sino irradiar cierta tensión. Dos países protagonistas de la pelota se encontraban. Por un lado estaba la Italia de Buffon, de Fabio “Il Capitano” Cannavaro, de Pirlo y Totti, sólo por mencionar algunos nombres. No eran únicamente grandes jugadores, ladrones de reflectores y poetas del esférico. Esos nombres parecían constituir por sí mismo un momento histórico. El rival no desmerecía en lo más mínimo a sus oponentes: Zizou comandando la nave gala, Franck Ribéry, Thierry Henry o Claude Makélélé eran algunas de las figuras que saltaban al campo. Con semejantes cuadros, no había nada para nadie.

Los primeros dos goles cayeron alrededor del primer cuarto del partido: penal y tiro de esquina. Todo parecía indicar que un festival de goles se avecinaba. Pero entonces el silencio de las redes. El partido comenzó a alargarse y los arcos no eran atravesados por nada ni nadie. Anotaciones en fuera de lugar, balones que rozaban la red por fuera, gargantas ahogadas por los guantes de Gigi, todo menos la anotación.

El adiós de Zizou

Apenas unos meses antes Zidane: galáctico, campeón del mundo, ídolo de las multitudes, elegancia y técnica, anunció que se retiraría de las canchas. El Mundial sería su última parada. La afición expectante contemplaba cómo había adelantado a Francia con un penal en el inicio del encuentro (que campaneó y dio un susto a más de uno). La épica perfecta sólo necesitaba que el francés de origen argelino hiciera una intervención más para sellar su carrera con broche de oro.

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Y entonces sucedió lo inexplicable. Y no es que Zizou no hubiera visto una sola roja en toda su carrera, pero del escenario se esperaba otra cosa. Materazzi fabricó la mitad del evento. La leyenda cuenta que al jalar su playera, el francés le dice que si desea su jersey, lo podrá tener al concluir el partido, a lo que, según el propio italiano, contestó «Prefiero la casaca de la puta de tu hermana«.

Ese cabezazo se convirtió en el momento más recordado de Alemania 2006. En un extraño evento, Zidane decidió que era momento de partir de la cancha. Se empareja, lo ve de frente y descarga sobre el pecho del italiano. Con uno menos, Francia logró alargar hasta los penales, donde el poste no favoreció a los galos en esta ocasión. David Trezeguet golpeó con parte interna, intentando colocar con tal precisión, que la ironía se hizo presente: el balón acarició la línea y salió disparado. Zidane, quien había tenido una eterna primavera con el balón, se despedía de la pelota con un amargo sabor en los labios.

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Por: Alberto Román / @AlbertoRomanGar

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