Guti
Guti

Cuando Guti tiró el taconazo para Benzema, algo se rompió en el futbol. Ese lujo necesario estaba destinado a trascender en el tiempo. La obra inauguraba una nueva década: la de los teléfonos inteligentes y los millones de visitas. El olvido casi irremediable para los que brillaron antes de esa nueva época; la adulación desmedida para quienes llegaron a tiempo. Injusto para Guti y para todos aquellos que profesaron culto al más indolente de los distintos. En el futuro, sin embargo, el Tacón de Dios serviría para recordarle a los escépticos y a los desmemoriados quién fue José María Gutiérrez

Ese rubio de pelos alborotados nunca terminó de encajar. Pero desde su llegada al Real Madrid, a los nueve años, dejó claro que nada en su carácter era negociable. “Le pregunté un día que por qué no se cortaba ese pelo. Me respondió que cuando me quitara yo el bigote. Y la verdad, tenía razón”, rememora Vicente del Bosque, su primer entrenador y con quien volvería a coincidir años más tarde en el primer equipo. Porque sí, a pesar de las reticencias, desperdiciar ese talento rayaría en lo absurdo. 

Su visión de juego y técnica prístina lo llevaron al primer equipo en 1995. A nadie en el Bernabéu le quedaban dudas sobre la diferencia que podía marcar el nacido en Torrejón. Sin embargo, al público más exigente del mundo no le bastaban las sutilezas de su botín zurdo. “Me sé de memoria las acusaciones de sus detractores: su juego tenía demasiadas intermitencias, a veces parecía que estaba en el limbo, no contribuía lo suficiente a las obligaciones defensivas”, explica Jorge Valdano en Futbol: El juego infinito. “Seamos sinceros: ¿quién no ha tenido ganas de asesinar a Guti alguna vez, en esos partidos en los que el Bernabéu pide sangre?”, continúa el argentino, encargado de debutar a Guti en Primera División el 2 de diciembre del 95 frente al Sevilla. 

Pero la belicosidad de las masas no se limitaba a los futbolístico. “Guti maricón. Eso lo llevo oyendo yo desde hace catorce años”, cuenta su madre, Carmen Hernández, que durante nueve años lo acompañó a sus entrenamientos. “No lo es, pero es que si lo fuera, para mí sería el mismo”.

Antes de llegar a la fábrica del Real Madrid, Guti se curtió en la calle y en el futbol sala. “Haber estado todo el día en la calle, de chaval, ayuda. Y haber jugado al fútbol sala, más. Te enseña a moverte en espacios cortos. El campo de mi colegio era de fútbol sala, de cemento… Rompía los chándals”, contó en una entrevista.

Constantemente enfrentado a la etiqueta de ser un jugador sin sacrificio defensivo, Guti sorteaba las críticas con franqueza: “Mi madre me decía que corriera, pero yo decía: si es que no voy a llegar a por el balón. Pero son cosas que a la gente le gusta”. Esa indolencia, tan amplificada entre sus malquerientes, podía mutar repentinamente en un pase con todas la ventajas para al delantero en turno. Pronto el Bernabéu entendió que en los días grandes necesitaban de ese As bajo la manga, del comodín infinito de su repertorio: porque Guti podía jugar de mediapunta, interior y en el centro del campo. 

Esa polivalencia fue el síntoma de una resignación irremediable: la Era Galáctica. Con Zidane, Raúl, Ronaldo, Beckham y Figo, las posiciones de ataque estaban acaparadas. Pero Guti no cruzó los brazos ante la constelación de estrellas. Rechazó ofertas de equipos como el Arsenal y el Milan de Berlusconi, que se ofreció a doblarle el sueldo y darle todo el protagonismo que le era negado en la Castellana. Tal vez, de haber aceptado, no tendría el récord de ser el jugador que más veces salió desde el banco en la historia de La Liga (228), y quizá podría haber jugado alguna final de Champions League como titular (ganó tres pero no participó un solo minuto). 

“Mis suplencias fueron en el Real Madrid no fueron en un Segunda B. Ser suplente en el Real Madrid viniendo de la cantera y jugando con los jugadores que yo he jugado, para mí fue… la leche. Podía haber jugado 700 partidos en otro sitio y nunca hubiera sido lo mismo. Prefiero lo mío. ¿Cuántos jugadores salidos de la cantera estuvieron 15 años en el primer equipo?”, dice al respecto. El tiempo le daría la razón, porque también ostentó otro tipo de récord: con 348 partidos, forma parte del top 10 de jugadores con más actuaciones para el Madrid. 

Durante sus 15 años vestido de blanco, Guti vio desfilar a 15 entrenadores. Algunos de ellos alimentaron su fama de jugador intermitente, pero todos recurrieron a él cada vez que un halo de oscuridad se ceñía sobre el cielo merengue.

En medio de las luminarias, cuando las cosas se complicaban y los millones de otra galaxia no podían resolver embrollos terrenales, emergía él desde el banquillo para barrer el campo y llenar el paladar del Bernabéu. Esa diferencia no pasaba desapercibida por los rockstars que tenía como compañeros: “Guti tenía una visión increíble. Tenía una visión periférica y siempre encontraba un espacio. Era uno de los más talentosos del grupo”, ha dicho Ronaldo sobre el tipo que tantas asistencias le dio. 

Guti supo cultivar ese talento callejero desde que era un niño. “En mi barrio sólo había una cancha en el colegio, así que los fines de semana saltaba la valla para seguir jugando”.

Ese carácter, forjado lejos de las comodidades, alimentaba las feroces críticas lejanas a los que sucedía en el césped. “Decían que era un jugador mentalmente frágil. Muchos, con fama de fuertes, no hubieran aguantado ni la mitad de arbitrariedades que él tuvo que sufrir”, recuerda Jorge Valdano

A pesar de siempre estar “al filo de la navaja”, como él mismo lo reconocía, la personalidad del 14 era inmutable.

“Cuando ganas, eres el mejor, si pierdes, hay poco compañerismo. Forma parte de la historia del club, la que llevo viviendo mucho tiempo”.  De esas finas estocadas no se salvaron ni siquiera leyendas ilustres como Alfredo Di Stéfano o Arrigo Sacchi. En 2005, tras caer 1-3 frente al Dépor, la Seata Rubia criticó a los jugadores que no metían la pierna. Sacchi, directivo del Madrid en aquel momento, declaró que el plantel del Madrid no estaba a la altura del Milan o la Juventus. La  siguiente semana, luego de vencer al Betis, Guti declaró: “Dedico este triunfo a Sacchi y Di Stéfano”. Después, matizaría su dedicatoria: “les he dedicado el gol de corazón. Di Stéfano es un tipo excepcional y a Sacchi también le queremos mucho”.

Para la temporada 2006-2007, el retiro de Zinedine Zidane y llegada al banquillo de Fabio Capello cambiaron el panorama de Guti. El torrejonero empezó a gozar mayor protagonismo en la posición de mediapunta, mandada a hacer para sus cualidades. “Se acabó lo de los fichajes hechos para vender camisetas. Este año van a venir jugadores que darán equilibrio a la plantilla”, dijo Guti sobre la nueva era del Madrid, con Capello en el banquillo y Ramón Calderón en la presidencia, como sustituto de Florentino Pérez. La crítica hacia la política de fichajes, que anteponía los reflectores en detrimento de la eficacia deportiva, era necesaria en un momento en el que el Barcelona amenazaba con un naciente dominio. 

El Real Madrid ganó la Liga en esa temporada y evitó el tricampeonato del Barça. Guti, pese a gozar de mayor confianza, no pudo hacerse de un lugar indiscutible. Pero su estafeta como cambio de lujo, validada durante una década, fue clave para que el Madrid campeonara. El 7 de mayo, frente al Sevilla, rival directo por la punta de la tabla, Guti emergió del banco y brindó un recital de colección. Puso dos balones filtrados para que van Nistelrooy y Robinho dieran vuelta al partido que perdían 0-1. Sobre el final armó la jugada con la que el Madrid remató el juego. También se dio tiempo para tirar pases de tacón y enviar trazos largos con precisión de bisturí. 

Exhibiciones como aquella, daban por buena la tesis de Valdano: “Ver entrar a Guti al campo desde el banquillo generaba expectativa, esperanza, alegría. Para el partido, porque era capaz de modificarlo con dos pases maravillosos; y para el futbol, porque con él en el terreno se recuperaba el sentido de la aventura y la belleza como parte imprescindible de un espectáculo pleno”. 

La abrupta salida de Capello parecía nublar el paisaje. El nuevo entrenador, Bernd Schuster, de inmediato reconoció en Guti a un jugador diferente, aunque con ciertas reservas: “Todos sabemos el talento que tiene. Cuando tiene su momento es imparable distribuyendo juego. Pero una temporada del Madrid consta de unos 50 o 60 partidos y es muy difícil que Guti pueda mantener el mismo nivel en todos”, decía el alemán, que apostaba por un coterráneo: “necesitamos a Ballack”. De nuevo, frente al estigma de ser un jugador de segunda mesa, Guti no se achicó. El Madrid logró el bicampeonato de Liga, con el pasillo del Barcelona en la última jornada, y José María fue el máximo asistente del campeonato (18 pases de gol).  

En sus últimas temporadas en la Casa Blanca tuvo que lidiar con lesiones que limitaron su regularidad. En paralelo, el nacimiento del Barcelona de Guardiola auguraba un cambio de aires en la vereda madridista. El 25 de julio 2010, Guti se marchó del Real Madrid. Pero antes de irse, dejó escrita una posdata con letras de oro. Era una visita rutinaria a la cancha del Deportivo La Coruña. El partido, sin mayor oposición, estaba definido. Pero irrumpió Guti. El contraataque lo encabezó Kaká, que sirvió para el 14; Guti se encontró solo contra el arquero, para definir en soledad, pero en un arrebato de genialidad y desfachatez combinadas, dejó el balón de taco para Karim Benzema que culminó la obra. 

Aquella jugada recibió el mote de “El tacón de Dios”. Guti le resta grandilocuencia al gesto: “No he sido un genio, sino un jugador listo”. Ese fue el último gran pincelazo del torrejonero como jugador del Madrid. Después de jugar una temporada en el Besiktas de Turquía, anunció su retiro del futbol. Ahora, convertido en director técnico, ha admitido que “el Guti entrenador le pediría ciertas cosas al Guti jugador”. Aquel taconazo fue un puente, un viaje en el tiempo. Justicia ubicua para no olvidar la eterna obra de un artista tan genial como indolente. Guti o José María Gutiérrez. Llámenlo como quieran.

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Por: Omar Peralta / @OmarPeraltaH

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