Los sábados fueron, durante mi infancia, los días que, quizá, más esperaba de toda la semana. Más allá de querer alejarme de todo lo que significaba ir a la escuela (levantarse muy temprano, hacer tareas, los trabajos extracurriculares, etcétera), lo que necesitaba, lo que deseaba, era que llegara el sábado para irme con mi padre durante todo el día y esperar hasta el último partido.

La rutina era casi siempre la misma: salir de casa a las siete u ocho de la mañana, ver a uno de mis tíos en cierto punto y de ahí irnos a donde fuera el partido. Mi padre y su hermano eran, por decirlo de alguna forma, los directores técnicos de un equipo de futbol que llevaba por nombre “Vergel Dorado Futbol Club”. Liderado por un centro delantero que, de acuerdo con la opinión de muchos, “si él quisiera, podría armarla en donde sea”.

Los viajes con mi padre, mi tío y su hijo (mi primo), eran largos, de poco más de dos horas de camino. Tiempo en el que también se aprovechaba para escuchar las clásicas pláticas previas a un partido y, sobre todo, de su equipo favorito: el Club Deportivo Guadalajara. En ese año, 1998, las Chivas anduvieron bien, con el “Tuca” Ferretti en la dirección técnica y una delantera bárbara conformada por Luis García, Ricardo Peláez y Jesús “Cabrito” Arellano.

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Mi padre fue, como se dice, un hombre de futbol; su vida, su pasión, su plática, todo, giraba en torno a dicho deporte. Hablaba de formaciones, de ideologías en la cancha, de ser ofensivo, de salir jugando desde la defensa, de estrategias.

“Alguna vez quise ser árbitro”, me confesó en uno de esos largos traslados, mientras íbamos de regreso a casa después del juego en el que el Vergel dorado Futbol Club salió avante. “Creo que todavía estoy en edad de intentarlo, ¿no?”, soltó unos minutos después, con una ligera sonrisa en su rostro, una sonrisa de nostalgia, quizá. No lo sé.

Ahí comprendí la importancia que tenía para él su equipo, el Vergel Dorado, era su momento y lo quería hacer bien, planeando toda la semana cómo jugar el partido del sábado, cómo parar al equipo. Pero lo más interesante era escucharlo en las charlas con los jugadores, minutos antes del silbatazo inicial.

Estos (los contrarios) traen buen equipo, son aguerridos y meten duro la pierna. No lo saquen, si tienen que barrerse, háganlo; si tiene que soltar ‘madrazos’, hágalo. Que sepan que acá mandamos nosotros. Vamos a ganar, hijos de la chingada”, todo ello seguido de un “uno, dos, tres… Vergel Dorado, ra-ra-ra”. El árbitro pitaba y daba inicio el primer tiempo.

No recuerdo ni un solo partido que no se viviera con mucha euforia en el área de la dirección técnica; “vamos”, “bárrele”, “llégale”, “pégale”, sonaban minuto a minuto como auténticos gritos de batalla. La guerra en la chancha era recia, con varios conatos de bronca y demasiada bravuconería. Más que no querer perder, nadie quería dejar que el otro ganara, y el sentimiento de humillar al contrario inundaba cada racimo del campo.

Así se vivía la pasión en esas canchas y yo, en compañía de otros niños, veíamos todo lo que sucedía, desde los clásicos codazos hasta escupitajos, de esos que sueltas cuando ya perdiste hasta la dignidad.

Era increíble atestiguarlo todo y mirar del otro lado a mi papá, soltando manotazos al aire, regañando a diestra y siniestra, discutiendo con los árbitros, con los del equipo rival, etcétera. Nunca lo vi de esa manera en otro contexto, el futbol lo era todo para él.

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Al final, como buenos deportistas (aunque a nivel amateur), había armonía y camaradería. Darle la mano al equipo rival era símbolo de buena fe, de saber ganar o perder, según haya sido el caso, de dejar en claro que sólo era un juego. Lo mismo sucedía con mi padre, que cambiaba de personalidad una vez que sonaba el silbatazo.

Con el paso de los años, como es natural, el equipo se fue disolviendo hasta ya no quedar nada, salvo el recuerdo de los días de gloria. Yo crecí y mis intereses cambiaron, pero no el futbol, que seguía siendo una de mis más grandes aficiones. Por otra parte, mi papá lo vivió diferente, su experiencia como técnico fue fugaz y muy placentera, acabó como los grandes, como campeón y con un legado que muchos guardan en su memoria.

No nos dimos cuenta cuando todo terminó, simplemente pasó. El último partido del torneo ni siquiera lo imaginamos como tal, sino que lo vivimos con mucho festejo y rodeados de mucha gente, todos celebrando el campeonato. El último.

Por Alonso Efeese/ @soaloneso

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