Después de 6 años de jugar para el América, Carlos Hermosillo se dispuso a emprender una nueva aventura. Y como Gordon Pym, oriundo de Nantucket, se preparó, sin saberlo, para ser el protagonista de una historia legendaria. Seguramente si Edgar Allan Poe hubiera sido cronista deportivo, habría narrado de manera épica lo que el delantero vivió en Bélgica. Allí donde un goleador mexicano camina por el continente y comienza el inicio de un cuento trágico.

El escenario por otra parte, vendría a ser el Standard de Lieja. Era 1989 y el mundo estaba transformándose. Los mares del sur no eran otra cosa que un relato de Jack London, ejemplificando a la perfección el final de una época y el inicio de una década que cerraría la ventana del siglo XX. La imagen de un joven rondaba las noticias, con 25 años ponía el nombre de México en el panorama internacional. Del nido a la tierra de los diablitos rojos, Hermosillo se preparaba para arribar al viejo continente, tenía 27 goles con los que podía negociar. En la temporada 88-89 se había consagrado como referente del área chica, el paraíso en la tierra, la gloria en su máximo esplendor.

Urbain Braems, técnico de les rouches, veía con buenos ojos al centro delantero mexicano. Sin embargo, su despido del equipo belga abrió el inicio de la tragedia. Ifigenia en la pira de sacrificio, mientras la lluvia cae en un campo. Su paso por el Standard de Lieja se convirtió en la historia de un solo gol. A pesar de eso, los esfuerzos de Carlos Hermosillo le permitieron sobrevivir. Al despido de Braems, buscó adaptarse con Georg Kessler, pero una lesión lo marginó de la cancha y de la titularidad. Eventualmente sería desplazado al banquillo. Tiempo después afirmaría, que le habían hecho imposible su estancia en el equipo. Un claro ejemplo de lo anterior, es la disputa que tuvo con el arquero Gilbert Bodart. Era 1990 y el viaje llegaba a su fin.

Al final, Hermosillo terminó regresando. La esperanza de un resurgimiento profesional cobraba vida. Odiseo en Ítaca y el inicio de una década en que la imagen de Cruz Azul y Necaxa, terminarían poblando la memoria popular del ídolo de Cerro Azul. Su sacrificio no sería en vano, vendrían otros y triunfarían. El relato termina aquí, pero la tristeza se vuelve leyenda y la leyenda vive en el recuerdo.

Por: Andrés Piña/@AndresLP2

 

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