Este texto es resultado de un proyecto de investigación más amplio acerca de la manera en que un grupo de migrantes michoacanos y sus descendientes viven el futbol en Chicago. Esta ciudad —la segunda con más mexicanos en Estados Unidos, después de Los Ángeles— es sede de decenas de ligas y alberga cientos de equipos cuyos miembros son predominantemente “latinos”. Muchos se formaron en las décadas de 1980 y 1990 a partir del origen común de sus jugadores. Cuando decidí hacer mi tesis de maestría al respecto, conseguí que uno de estos equipos, San Rafael, me “fichara”. Así empezó mi incursión en el futbol mexicano a la Chicago.

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Está oscuro y siento el aire gélido en la cara. Es otra noche del largo invierno chicaguense. Me dirijo a Chicago Indoor Sports, un espacio deportivo techado que se conoce como “la Pershing” por la calle en que se ubica. Al entrar, de inmediato reconozco la canción: El sonidito, de Hechizeros Band. Lo de “sonidito” es un decir; las bocinas están a todo volumen.

Recorro el lugar. Casi toda la gente que presencia los partidos en las cuatro canchas de futbol rápido habla español, al igual que la persona que se encarga de anunciar los próximos enfrentamientos. La mayoría de los jugadores trae uniformes de equipos mexicanos y en las pantallas se transmiten partidos de la Liga MX por Univisión, la principal cadena de televisión en español en Estados Unidos.

Junto a una caja registradora hay una imagen de la Virgen de Guadalupe. Como dicen Raúl Dorantes y Febronio Zatarain, la virgen es la madre mítica del migrante mexicano: sufre su dolor, lo acompaña a llenar la primera “aplicación” y lo calma para que pueda comprender la lengua ajena. Aquí, además, le echa porras.

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A pesar de su “mexicanidad”, el ambiente en la Pershing difiere del de los partidos que se disputan en distintos parques de Chicago durante el verano, los cuales recuerdan a los juegos que se llevan a cabo en zonas rurales en México. En lugar de los vendedores de tacos, chicharrones o paletas heladas que hay en el verano, en la Pershing hay un restaurante de fast food que vende comida “gringa”, como hot dogs y nachos.

Mientras que en el verano las porras se organizan para llevar cerveza al parque y usan las ganancias para financiar los gastos del equipo, quienes asisten a la Pershing simplemente van al bar, piden su bebida y pagan con su tarjeta de crédito.

Las instalaciones no sólo cuentan con canchas de futbol; también hay boliche, una colorida zona de juegos para niños e incluso una tienda que vende artículos deportivos. Cuando entro y pido unas espinilleras, que necesito para mi primer partido con San Rafael, la vendedora me pide que repita la pregunta en inglés, pues no entiende lo que digo. En ese momento me “cae el veinte”: estoy en el espacio que Nicholas De Genova denomina “Mexican Chicago”.

Me explico. La idea de “Mexican Chicago” desafía la concepción territorial del Estado-nación. Para De Genova, las prácticas cotidianas de los migrantes en Chicago producen un espacio estrechamente ligado a México, irrecuperable para el Estado-nación estadounidense. Desde luego, este espacio tampoco pertenece al Estado-nación mexicano, sino que resulta de las circunstancias particulares de quienes lo producen.

En otras palabras, se trata de un proceso mediante el cual los migrantes y sus descendientes, a partir de sus experiencias, reconfiguran el significado de “lo mexicano” en Estados Unidos, y, particularmente, en Chicago. Ahora bien, ¿qué papel desempeña el futbol en todo esto? Con base en el trabajo de Richard Giulianotti y Roland Robertson, a continuación identifico cuatro procesos mediante los cuales se reconfigura el significado de “lo mexicano” en la Pershing.

El primero tiene que ver con la manera en que los participantes preservan prácticas o significados previos para diferenciarse de la sociedad receptora. Aquí el mero hecho de que los migrantes y sus descendientes se reúnan a jugar futbol es significativo. Si bien su popularidad ha crecido mucho en las últimas décadas, el balompié no es un deporte estadounidense, como sí lo son el basquetbol, el beisbol o el futbol americano.

También vale la pena resaltar el nombre del equipo que me acogió, San Rafael. Es una referencia explícita al lugar de origen: una localidad rural de unos 800 habitantes en el municipio de Santa Ana Maya, Michoacán.

El segundo proceso se refiere a la forma en que los actores absorben prácticas o significados de la sociedad receptora y se adaptan para mantener ciertos aspectos de su cultura original. Aunque la mayoría de los jugadores nacidos en México estaban acostumbrados a jugar futbol llanero al aire libre, el frío invernal de Chicago los obliga a cambiar de cancha y ambiente durante la mitad del año. A pesar de ello, los elementos que mencioné anteriormente, como la música en español a todo volumen, la imagen de la Virgen de Guadalupe o la transmisión de la Liga MX, contribuyen a “mexicanizar” un espacio en territorio y con características estadounidenses.

El tercer proceso está relacionado con la manera en que los participantes sintetizan fenómenos culturales de los lugares de origen y destino para producir prácticas y significados híbridos. Uno de los ejemplos más claros de este proceso de “hibridación”, por llamarlo de alguna manera, es el uso del lenguaje dentro y fuera de la cancha.

Durante los partidos, que duran 30 minutos sin interrupción, los jugadores de San Rafael pelean cada balón como si no hubiera mañana. La intensidad con que se vive el juego impide a los participantes detenerse a pensar en qué idioma están hablando. Por ejemplo, si uno presta atención a las instrucciones que se gritan desde la banca, es evidente la alternancia constante entre el español y el inglés. En unos segundos de juego se puede escuchar algo así:

 Go back, pri [primo], go to the defense! ¡Agarren a uno ahí, agarren aire! Acá, Rigo, in the middle! Dany, in front of him! ¡Que no tire, Rigo! Good cover! ¡Cuerpo, cuerpo! Hey, keeper, they keep shooting from the corner, watch out! ¡Ayúdale, Stevie, ya se quedó Iván ahí arriba, ayúdales en medio, güey! Go, go, go, switch, switch!

Aunque con menor intensidad, este fenómeno lingüístico también sucede fuera de la cancha. Después de cada partido, muchos jugadores se quedan a platicar y tomar unas cuantas cervezas en el bar que está dentro de las instalaciones de la Pershing, Mike’s Blue Flame Lounge. Las discusiones, a menudo acerca del futbol mexicano, se llevan a cabo en ambos idiomas.

El uso alternante del español y el inglés es resultado de la composición del equipo, la cual, en sí misma, también refleja el proceso de hibridación. Cuando se creó San Rafael en 1989, sus jugadores y seguidores eran, en su mayoría, originarios del pueblo. Casi tres décadas después, las cosas han cambiado. Cuando me incorporé, el equipo de la temporada de invierno tenía 16 integrantes. De ellos, sólo uno había nacido en San Rafael, aunque había llegado a Chicago a los cinco años.

Otro era el hijo, ya nacido en Estados Unidos, de una de las estrellas del equipo en la exitosa década de los noventa. Ellos dos —primos, por cierto— estaban a cargo del equipo. Otros 12 jugadores tenían historias similares: habían emigrado de pequeños o habían nacido en Chicago y tenían padres mexicanos. Pese a no tener conexiones directas con San Rafael, algunos de ellos eran originarios de pueblos cercanos, como Huandacareo, Michoacán, e Irámuco, Guanajuato. Los dos jugadores restantes eran descendientes de migrantes polacos.

Lo que me interesa resaltar es que los criterios para reclutar jugadores han cambiado: mientras que antes predominaba el lugar de origen, ahora tienen más peso las redes de amistad de los dos organizadores del equipo (los primos). En parte, esto se debe a que en los últimos años han llegado menos jóvenes migrantes de San Rafael a Chicago. La disminución del flujo migratorio, como ha mostrado Tomás Jiménez, tiende a hacer menos rígidas las fronteras simbólicas del grupo.

Sin nuevos integrantes que refresquen el sentido de pertenencia a San Rafael, éste se empieza a diluir y, con el tiempo, corre el riesgo de volverse casi insignificante, algo meramente anecdótico. Aunado a esto, como ambos organizadores crecieron, estudiaron y trabajan en Chicago, naturalmente dan prioridad a las conexiones que han establecido ahí. El resultado inevitable es la composición heterogénea del equipo. Los puestos no están reservados para gente de San Rafael; ni siquiera son exclusivos para personas de origen mexicano, como muestra la presencia de los dos polaco-americanos.

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El proceso de hibridación se manifiesta, también, en la manera en que los participantes mismos se expresan acerca de su sentido de pertenencia, como ilustra el siguiente fragmento de entrevista con uno de los jugadores:

¿Te sientes más mexicano o estadounidense?

Creo que depende de con quién estoy. Cuando estoy en el trabajo [como ingeniero en una compañía de videojuegos], creo que me siento más estadounidense.

¿Y cuando estás aquí [en la Pershing]?

Es diferente. Aquí estoy con mis amigos, hablo más español. No quiero decir que me siento más mexicano, pero… no sé, tal vez de los dos, para responder a tu pregunta de alguna manera.

Además de la evidente fluidez de las identidades, que constantemente se transforman y adaptan a las circunstancias, vale la pena insistir en que el jugador identifica a la Pershing como el lugar en donde se siente “de los dos”, mexicano y estadounidense al mismo tiempo.

El cuarto y último proceso es aquel mediante el cual los actores empiezan a favorecer prácticas o significados asociados con otras culturas. La adopción de deportes estadounidenses lo ilustra claramente. Cito otro fragmento de la entrevista:

¿Cuándo empezaste a jugar futbol?

Recuerdo jugar con mis primos cuando éramos pequeños en México. […] Luego, al crecer aquí en Estados Unidos, jugué en un equipo de futbol en la primaria; me gustaba el futbol, ​​especialmente viniendo de México y [considerando] mi entorno. No me interesaba mucho el futbol americano o el beisbol. Ahora me encantan. Ahora a veces prefiero ver futbol americano en vez de soccer. […]

¿Y todavía sigues la liga mexicana de futbol?

Sí, sí. Pero creo que veo más futbol americano. Juego soccer, ​​pero veo más futbol americano, ​​si es que eso tiene sentido.

El futbol, pues, es una ventana desde la cual se puede mirar ese espacio fascinante y multifacético que es “Mexican Chicago”. Desde luego, lo que aquí he descrito a partir de mi experiencia con San Rafael en la Pershing no es más que una de múltiples maneras en que los migrantes y sus descendientes viven el futbol en la ciudad. Durante el verano, el mismo equipo se transforma… pero ésa es otra historia.

Por: Franco Bavoni

Referencias

  • De Genova, Nicholas, “Race, Space, and the Reinvention of Latin America in Mexican Chicago”, Latin American Perspectives, 25 (1998), pp. 87-116.
  • Dorantes, Raúl y Febronio Zatarain, …Y nos vinimos de mojados: cultura mexicana en Chicago, México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2007.
  • Giulianotti, Richard y Roland Robertson, “Forms of Glocalization: Globalization and the Migration Strategies of Scottish Football Fans in North America”, Sociology, 41 (2007), pp. 133-152.
  • Jiménez, Tomás, “Mexican Immigrant Replenishment and the Continuing Significance of Ethnicity and Race”, American Journal of Sociology, 113 (2008), pp. 1527-1567.

*Franco Bavoni es autor de Los juegos del hombre: identidad y poder en la cancha (Cal y Arena, 2014). Es internacionalista por El Colegio de México y maestro en Ciencias Sociales por la Universidad de Chicago.

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