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Estadio-Universitario

Por Germán Fierro

Para todos los integrantes del Club Centenario

Me dijeron que estabas tirado en un colchón en el suelo, rodeado de basura y todo meado.
Chingadamadre, no lo podía creer.

Al final, de alguna forma conseguimos una ambulancia y te internamos en el hospital.
Demasiado tarde.

Hasta las leyendas futboleras mueren si descuidan su salud. ¿Qué pasó contigo, cabrón? ¿Cómo acabaste así?
Y nosotros, tus amigos, ¿cómo dejamos que esto sucediera?

Quizá este trágico final no fue repentino, sino que se fue forjando a lo largo de muchos años.

El asunto es que tú, un ídolo futbolero, fuiste acumulando pifias, que, como en todo partido, te acabaron pasando factura.

Tu historia fue grande: iniciaste en los llanos de la CDMX, de extremo izquierdo, de arranque estuviste en el Atlante y por azares del destino, acabaste en un equipo de reciente creación en el Norte del País, al que llegaste como refuerzo.

A regañadientes, aceptaste jugar en un nuevo rol como defensa lateral izquierdo.

Quién iba a decir que ahí te consolidarías, que lograrías el ascenso a Primera División, que ganarías un torneo de Copa y que hasta llegarías a ser dos veces campeón de Liga del Futbol Mexicano.

Ágil de piernas, más ágil de mente, capacidad para leer el juego del rival y con un gran sentido de la anticipación.
Nada te podía detener… excepto tú mismo. Porque todas las cualidades en la cancha, se diluían fuera de ella.

Tu vida personal fue un desmadre. Casado varias veces, con hijos, que al final nunca supe ni cuántos tenías, y con un desorden financiero que te llevó a vivir los últimos días de tu vida a merced de la buena voluntad de los amigos.

Duele decirlo, pero el problema fuiste tú mismo. Cuántas veces preferiste unas cervezas a los consejos que te di de terminar tu biografía. Cuántas veces te dije que era necesario hacer un plan financiero, explotar tu imagen de ídolo del pasado con tu Club, para que pudieras tener un buen flujo de ingresos. Cuántas pinches veces te dije que te cuidaras, que te vacunaras contra el Covid-19, que ser ídolo del futbol no te hacía inmune a las enfermedades.

Entre tu terquedad de deidad futbolera y entre mi cansancio provocado por tus oídos sordos, me alejé de ti… y ya ves lo que pasó.

No todo fue malo, eras muy buen amigo, sabías mucho de futbol, sabías escuchar a las personas, eras muy generoso, pero tu calidad de ídolo te llevaba a pensar que todo lo podías y que de alguna manera siempre encontrarías la forma de salir adelante. No fue así.

Como sé que pude haber hecho mucho más por ti, al final no tuve el pinche valor de ir a tu funeral. ¿Ya para qué?

Hoy día extraño las charlas futboleras y extraño recibir textos de tu biografía que nunca terminamos.

En tu funeral, hubo muchos campeones contemporáneos tuyos que fueron a despedirte. Me contaron que todos hablaban de lo bueno que eras. Algunos de ellos hasta se tomaron la tradicional selfie junto a tu féretro. Cosas de estos pinches tiempos modernos. Los mismos que no fueron para tirarte un lazo cuando andabas bien jodido, ahora lamentaban tu partida. Hasta tus hijos fueron los últimos en enterarse de tu fallecimiento.

¡Qué desmadre!

Un ídolo no merece morir así.

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