Atlante
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Entonces el cielo de la ciudad de los palacios se llenó de pirotecnia, el silencio reinaba en la vieja calle de Perú, silencio que se rompió con muchos gritos de alegría, uno que otro claxon lejano, cuyas ondas surcaban el aire capitalino para dar cuenta de las buenas nuevas de aquella noche de diciembre de 2007. Es que a casi 1,300 km de distancia, el Atlante se coronaba campeón.

Aquella sin duda era una noche especial, una noche para brillar entre fuegos azulgranas que simbolizaban una estrella más, es que el llamado “Equipo del pueblo” volvía a ser campeón, el Barrio de Tepito ya lo sabía y lo festejaba. Había muchos motivos para estar feliz en aquella jornada nocturna, así lo habían dictado Clemente Ovalle y Giancarlo Maldonado. El paraíso de Cancún veía el llanto de los Pumas que aquella jornada sucumbieron ante Federico Vilar y todos los muchachos del profe Cruz.

Irónico, irreal y fantástico, así son los potros, porque a pesar de que ya no están en la CDMX, la verdad es que nunca se han ido, porque son de todos y no son de nadie. Aquella noche de diciembre la ficha técnica anunciaba al Atlante como el local en aquel lleno en el Andrés Quintana Roo, nada más lejos de la realidad, puesto que aquel edén del caribe mexicano quedaba muy lejos de ser la casa de “Los Prietitos” que cerraba la vuelta de la final en su nuevo feudo.

Los emporios hoteleros de lujo, la fina arena, los miles de turistas y el azul de un mar turquesa que dibuja postales esplendorosas observaban sigilosos al nuevo inquilino de aquellas tierras. Les parecía curiosa su singular camiseta azulgrana, el peculiar y marcado acento que tienen todos los que con orgullo y dignidad han vivido en el fabuloso Barrio de Tepito, ahí donde moran aquellos que conocen la historia de Horacio Casarín, que hablan de Chamagol y del título de 1993, de La Volpe, Daniel Guzmán y Luis Miguel Salvador.

Una afición que recuerda orgullosa haber enfrentado al FC Barcelona en un Mundial de Clubes, una hinchada que vive entre boxeadores y la efervescencia del comercio, un barrio de aquellos que se levantan con el canto del gallo y van a casa con el canto del grillo. Una ciudad que nunca duerme, entre palacios y campos de futbol, la cuna de un niño dormido, rehilete que engaña la vista al girar, así como lo decretó Guadalupe Trigo hace algunos ayeres.

Es que en Eje 1 norte, entre la Lagunilla y la Morelos se levanta un feudo que apoya al equipo de Don Refugio y Trinidad Martinez, uno de esos equipos buenos para las trompadas, de mucho carácter y de corazón, que nació según cuentan las leyendas en la esquina de la Calle de Sinaloa y Sonora, hace más de 100 primaveras.

Un equipo que es del pueblo pero que a la vez no es de nadie, un romántico, vagabundo, trotamundos, un gitano que anda de aquí para allá, con la maleta siempre lista, una maleta llena de sueños en forma de balón, con muchas camisetas de jugadores que marcaron una época o fueron icónicos, como El Piojo Herrera, Félix Fernández, Rubén Omar Romano, hasta otros un poco más recientes como Christian “Hobbit” Bermúdez o el mismo Alain N´Kong, bastión del último título de aquel ya lejano 2007.

Como siempre, en ese idilio con la incertidumbre, parece que de alguna forma el potro ha encontrado “estabilidad” dentro de las aguas del Caribe y de la liga de plata nacional, allá entre oníricas falacias de un día volver al terruño querido. En el ocaso de la tarde de Cancún, el sol se oculta, las aguas permanecen en calma y la blanca arena se rinde ante el esplendoroso Mar Caribe.

Tan solo queda en la inmensidad de aquella playa un potro que mira al horizonte lleno de esperanza, volteando de vez en cuando con dirección al viejo barrio, suspirando y recordando y volviendo a suspirar. Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre. Así la vida en el mundo azulgrana.

 

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Por: Carlos Silva / @SAGA0003

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