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Mario Kempes frente a Holanda

¿Qué convierte a un clásico en clásico?

En literatura, según Ítalo Calvino, un libro clásico es aquel “que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. En la teoría política, nos dice Norberto Bobbio, es tenido por clásico un autor “cuyas lecciones deben ser continuamente escuchadas y profundizadas”. En futbol, los partidos entre Argentina y Países Bajos nunca terminan de decirnos lo que tienen que decirnos: el de hoy será su sexto enfrentamiento en Copas del Mundo. De tan repetidos, emocionantes y trascedentes, los duelos que protagonizan son ya un clásico de los mundiales. Y por eso las lecciones que han arrojado los cinco antecedentes acumulados hasta ahora deben ser escuchadas la víspera de que se vuelvan a medir, como lo harán dentro de pocas horas, en Lusail, por los cuartos de final de Qatar 2022.

Argentinos y holandeses se han visto las caras en la segunda fase de grupos de Alemania 74, en la final de Argentina 78, en los cuartos de final de Francia 98, en los dieciseisavos de final de Alemania 2006 y en la semifinal de Brasil 2014.

El partido que disputaron en el mundial alemán de 1974 fue una de las primeras escenificaciones del futbol total de la Naranja Mecánica. Roberto Perfumo, el capitán argentino que comandaba la defensa, contaba que su portero, Daniel Carnevali, retrasaba la reanudación del juego cada vez que le tocaba sacar de meta. Lo hacía no porque la albiceleste fuera ganando y buscara hacer tiempo, sino porque los holandeses los estaban masacrando y temía que si ponía rápidamente el balón en circulación el marcador en su contra se abultara aún más. Gracias a las tardanzas deliberadas de Carnevali la goliza que les propinaron Los Tulipanes —que se presentaban de nuevo en un mundial luego de seis ediciones en que estuvieron ausentes— quedó topada en cuatro goles. El primero de la tarde, a diez minutos del inicio, fue una de las muestras más inolvidables de elegante excelsitud que Johan Cruyff nos legó en aquel Mundial, el único que jugó el legendario camiseta ‘14’. Fue una derrota dolorosa para los argentinos. Al parecer lo fue para uno de ellos, por sobre todos sus compatriotas. Una semana después de la derrota ante los dirigidos por “Rinus” Michels, Juan Domingo Perón, que ocupaba la presidencia de la nación por segunda vez, moría en pleno mundial.

Sudamericanos y flamencos se volvieron a encontrar nada menos que en la final del siguiente mundial, Argentina 78. En esta segunda oportunidad se impusieron los locales y así ganaron por primera vez un mundial. La figura de la noche: Mario Alberto Kempes, “El Matador”. Como en aquel entonces su club era el Valencia de España, Kempes concedió una entrevista a un medio ibérico antes de volar a Argentina para sumarse a la selección de César Luis Menotti. En medio de la dictadura que azotaba a la Argentina desde dos años atrás, Kempes, de 23 años, no esquivó la pregunta acerca de una probable utilización del mundial como distractor social por parte de la junta militar que impuso el terrorismo de Estado en su país, encabezada por el general Jorge Rafael Videla. Interrogado por el periodista Jordi Ferré de la revista española Posible —fundada cuatro años antes por Alfonso S. Palomares, que también dirigió la agencia de noticias EFE— Kempes declaró: “Mis goles son para Argentina y no para Videla”. Por más que Videla, en su carácter de jefe del Estado por un golpe militar, se arrogara el derecho de entregar el trofeo al capitán Daniel Pasarella, Kempes no le ofrendó los dos goles que marcó, a los minutos 38’ y 105’, aquel 25 de junio en la cancha del Antonio Vespucio Liberti, mejor conocido como el Monumental de River, y que valieron la Copa FIFA.

El tercer enfrentamiento mundialista tuvo lugar veinte años después, en Francia 98. Amén de la expulsión que se ganó Ariel Ortega luego de darle un cabezazo a lo Zidane al portero Edwin van der Sar, lo que marcó la diferencia a favor de los europeos por marcador 2-1 fue un gol de antología, de esos que quedan consagrados en los anales de historia del futbol. Su autor: Dennis Bergkamp. Su conocida aerofobia —que obligó a que tuvieran que sedarlo para durmiera durante el viaje en avión al mundial de Estados Unidos cuatro años antes— no impidió que su pie derecho operara como pista de aterrizaje de un balón que voló más de sesenta metros, proveniente del Aeropuerto Internacional Pierna Zurda de Frank de Boer, para luego mandar a cebar mate al defensor Roberto Ayala y, con la parte externa dar un pincelazo, digno de su paisano Rembrandt, que dejó a Carlos Roa, guardameta pampero, literalmente hincado ante semejante obra de arte.

Su cuarta cita, en Alemania 2006, fue aburridísima. Terminó 0-0. Pero la quinta, la de Brasil 2014, resultó tan intensa como cerrada. Fue el partido más difícil para Messi en el torneo. Tuvo que dirimirse en tandas de penaltis. A punto de que empezaran los disparos desde el lunar calcáreo, Javier Mascherano se acercó al portero Sergio “Chiquito” Romero, de más de 1.90 centímetros de estatura, para decirle unas palabras que le hicieran ganar confianza y que resultaron premonitorias. “Hoy te convertís en héroe”, le dijo el “Jefecito” sobre el pasto del Arena Corinthians. Y así fue. Aquel 9 de julio, aniversario de la declaración de Independencia argentina, más que vestido de amarillo, el color del sol de mayo, del escudo patrio incrustado en el corazón de la bandera albiceleste que mandara hacer el general Belgrano, Romero se vistió de “Goyco”, de Sergio Goycochea, el “Atajapenales”, el héroe en Italia 90. Dos lances de Romero sobre sendos costados le dieron a la Argentina el pase a la final.

A tener en cuenta estos cinco antecedentes. Bien lo decía Maquiavelo: “Suelen decir los hombres prudentes, y no por casualidad ni inmerecidamente, que quien desee ver lo que será debe considerar lo que ha sido; porque todas las cosas del mundo en todos los tiempos tienen su propio cotejo en los tiempos antiguos”.

Por Farid Barquet Climent

*Antes publicado en futboleo.net el 8/12/2022

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